PANORAMA INTERNACIONAL
Al Gore: dólares marcados
El vicepresidente estadounidense está sospechado de haber recaudado dinero en abierta violación de la ley El hecho no es sólo doméstico, sino que tiene proyección reveladora para todo el continente
Por OSCAR RAUL CARDOSO, de la Redacción de Clarín
Una reciente caricatura de humor político mostró al vicepresidente norteamericano Albert Gore sentado sobre una rama de un árbol cercano a su oficina, solicitando por teléfono contribuciones financieras para su partido, el Demócrata. En la misma escena y desde el edificio un asistente anónimo reflexionaba: La violación de la ley es apenas un tecnicismo.Esa humorada precisa alguna aclaración. Desde la campaña electoral de 1996 que le dio un segundo mandato a la dupla Bill Clinton-Gore, el vicepresidente está sospechado de haber realizado tareas de recaudación de dinero en abierta violación de una ley que tiene 114 años de vigencia. Clinton parece haber hecho otro tanto, pero la presión política para investigarlo es en su caso menor.El Acta Pendelton -como se conoce esa ley- prohíbe a los dos funcionarios en la cima del Poder Ejecutivo emplear instalaciones del gobierno federal para solicitar dinero con fines electorales.Gore realizó, por lo menos, medio centenar de llamadas de esa clase desde su despacho. Desde entonces, se ha refugiado en un tecnicismo (por eso la alusión de la caricatura): el dinero recaudado, alega el atribulado vicepresidente, fue a parar a las arcas partidarias con fines generales, no a las cuentas del comité de reelección.Ese tipo de recaudación identificada como de dinero blando no está contemplada en el Acta Pendelton y, en consecuencia, no habría habido violación de la ley. Desde este pequeño territorio de resguardo, Gore ha estado sorteando el pedido de una investigación independiente que reclama una y otra vez la oposición. Sin embargo, en las pasadas semanas la prensa reveló que varios de los dólares supuestamente blandos se endurecieron, encontrando el camino hacia las cuentas del equipo de campaña para la reelección, dejando a Gore en una posición más que incómoda.En las últimas horas la ministra de Justicia, Janet Reno, que hasta ahora había actuado sin mayor disimulo como escudo jurídico del vicepresidente, parece haber cedido a la letal mezcla de más evidencia pública y mayor presión política: inició un proceso de 60 días que puede llevar a la designación del investigador independiente que reclaman los opositores.La coreografía que sigue es compleja. Importa sobre todo en términos políticos domésticos porque algunos creen que puede extenderse hasta el 2000, otro año electoral, en el que Gore aspira a heredar la oficina oval de la Casa Blanca. Si el vicepresidente podrá lograr su objetivo, o sucumbirá ante los desafíos por la nominación demócrata a la candidatura presidencial que le pueden presentar algunos de sus conmilitones, es materia prima sólo para el electorado norteamericano.Pero, como con todo lo que sucede en la potencia hegemónica del hemisferio norte, hay también en esto una proyección reveladora que se extiende mucho más allá. En el curso de este mes algunos países latinoamericanos, entre ellos la Argentina, tendrán el beneficio de oír en directo los sermones de liderazgo global y las redefiniciones de democracia que siempre prodigan en sus viajes al exterior los presidentes de los EE.UU. Sería disminuir el valor de esas definiciones no tener presente el contexto de quien las pronuncia. No se trata sólo de las acciones personales de Clinton o de los otros integrantes de su administración y de sus claroscuros, sino del contexto del propio sistema democrático norteamericano que hoy aparece más que nunca cautivo del dinero de los intereses sectoriales.El fenómeno de ese cautiverio es hoy auténticamente global y en todas partes -también en los EE.UU.- está dejando ala democracia como una herramienta quepocos, cada vez menos, pueden emplear.