Sábado | 30.09.2000   

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LA SITUACION EN ESTADOS UNIDOS: LAS GRANDES DIFERENCIAS SOCIALES EN EE.UU.
Silicon Valley, ejemplo de un sistema con graves contrastes






Hay un gran auge económico
  • Pero una enorme cantidad de personas vive en albergues para sin techo







    Por MARINA AIZEN. Enviada especial
    Cuando Kate Cordero se indigna por una injusticia, sueña que algún día "los millonarios van a ir a comprar el café a Starbucks y no va haber nadie para vendérselos; o van a dejar a sus hijos a la guardería y no va a haber nadie para cuidárselos". No es difícil entender por qué esta enfermera fantasea con ese mundo hipotético: ha sido testigo de cómo en Silicon Valley, en los últimos cinco años, se ha ido deteriorando la calidad de vida de quienes quedaron al margen del boom de la tecnología y de las empresas punto com.

    Curiosamente a ella no le va tan mal: tiene un ingreso de 50 mil dólares al año, lo que en cualquier sitio de los Estados Unidos sería considerado como de sólida clase media. Pero en San José, California, con vecinos que han hecho extraordinarias fortunas (en esta zona, hay 65 nuevos millonarios por día), su sueldo parece irrisorio.

    Silicon Valley, con su geografía de bellas colinas aterciopeladas, es la cuna de la nueva economía de EE.UU. aunque con paradójicos fenómenos sociales. Aquí la tasa de desocupación está por debajo del 2%. Quienes llegan a Cupertino, San José, Palo Alto, donde están empresas de renombre mundial, como Apple Computers o Cisko Systems, consiguen inmediatamente uno y hasta dos empleos. Pero lo que falta es vivienda. El precio de la propiedad se fue literalmente a las nubes debido a la constante demanda de nuevos inquilinos o compradores, a pesar de que los edificios nuevos emergen como hongos. Pero ésas son casas para los nuevos ricos. La gente de clase media que está empleada en servicios no relacionados directamente con la industria o con la alta tecnología tiene cada vez menos espacio para vivir.

    Richard y Tamy llegaron a Silicon Valley desde Oregon, hace cuatro meses. El es constructor, ella la madre de 6 niños rubios y traviesos. La mayor de 11 años, el menor de 10 meses. Sabían que en la zona habría trabajo de sobra. Y de hecho, él enseguida consiguió varios proyectos para trabajar en distintas obras. Sin embargo, lo que aún no han podido encontrar es una casa y, por eso, duermen en dos habitaciones desordenadas, con precarias cuchetas, en un albergue para "homeless", como se le conoce a los sin techo en EE.UU.

    En 1999, en Silicon Valley, 20.000 personas fueron homeless en algún momento del año, según Mauri Kendall, vocero de Emergency Housing Consortium (EHC), el albergue donde duermen temporariamente Tamy y Richard y toda la cría. El 40% de sus moradores son personas con trabajo. Todos los días, entre las 7 y 8 de la mañana, emergen del albergue (donde alguna vez funcionó una fábrica de General Electric) hombres y mujeres vestidos de uniformes: son guardias de seguridad, empleados de supermercado, de restaurantes de comidas rápidas. Son gentes de oficios comunes o no especializados, que no ganan como para pagar el alquiler de una simple habitación en un departamento compartido, cuyo precio es comúnmente de 800 dólares. Para muchos, es un paraíso dormir con cinco desconocidos en la misma pieza con tal de tener un techo.

    A pesar de la enorme inyección de riqueza en Silicon Valley, un fenómeno sin precedentes en la historia, según la revista Businessweek los sueldos de los trabajadores de bajos ingresos se redujeron en un 10% en términos comparativos con respecto a una década atrás. "Si no tenés más de un trabajo para poder sobrevivir es muy fácil terminar en la calle", dijo a Clarín Molly, una moza de Tina''s un bar de San José.

    "Todo el poder a los homeless", grita un grupo de cuatro zaparrastrosos. Es medianoche, en la estación de tren de Palo Alto. Mientras los convertibles desfilan por la esquina hacia los restaurantes y las disco, el grupo espera alborotado. En ese preciso lugar para el colectivo número 22, el único que circula toda la noche por Silicon Valley. Cuando hace frío, en sus asientos duerme toda clase de gente hasta el amanecer. Pero el sueño se interrumpe cada dos horas, cuando el ómnibus termina su recorrido. Entonces, todos se bajan, esperan 15 minutos en la parada y se vuelven a subir, con la esperanza de poder descansar durante otras dos horas. Otros, en cambio, prefieren dormir en sus propios autos, en los estacionamientos de las grandes corporaciones.

    Silicon Valley es un ejemplo extremo de mucha riqueza y ninguna política social, una de las explicaciones de por qué hay tantos problemas de vivienda. Los ricos aquí viven en casas que, en otra parte del país, serían consideradas como de clase media. En Austin, Texas, una casa de 3 ambientes cuesta 130 mil dólares, mientras que en el Valle, 550 mil. Esto pone presión sobre todo el mercado inmobiliario, incluso en los barrios pobres. Hoy, la gente trabaja literalmente para pagar el alquiler. "Y se queda sin plata para otras necesidades elementales, como la comida", explica Jennifer Luciano, de Second Harvest, una organización caritativa.

    Second Harvest alimenta por mes a más de 120 mil personas en la zona de Silicon Valley. El 60% de los que reciben la ayuda tiene trabajo. El número de gente que vive de sus servicios es ahora un 6% mayor respecto del año pasado.

    Para tener una vida de clase media, en Silicon Valley se necesitan por lo menos 70 mil dólares anuales: el doble que en el resto del país. Esto deja relegados en la pobreza no sólo a los plomeros o cajeros de supermercado, sino a policías. "No podemos reclutar maestros", dice Luciano. Aquellos que vienen terminan viviendo en "trailer parks", casas rodantes, que en Estados Unidos es lo más parecido que existe a las villas miseria de América latina. La enfermera Kate Cordero, que tiene dos trabajos, vive en una de esas casas, a pesar de sus 50 mil dólares anuales de ingreso. En Ohio, viviría en una cómoda casa con jardín. Por su pequeña parcela en el barrio de Los Gatos de San José, hoy le darían una fortuna. Pero, si la vende, nunca más podrá regresar. "Por qué tendría que irme yo. Que se vayan ellos", dice. "Mi familia ha vivido en esta zona desde hace siete generaciones".
















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