Sábado 23 de noviembre de 1996, Buenos Aires, República Argentina

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La actriz murió anteanoche en el oeste de Francia. Terminaba de cumplir 74 años

María Casares: Teatro y libertad

Notable intérprete cinematográfica y, sobre todo, teatral, brilló a lo largo de casi medio siglo. Nunca cambió sus nobles ideales ni sus convicciones. Trabajó junto con los más grandes y en la Argentina protagonizó imborrables temporadas.












Me gustaría morir lentamente, en estado de alerta", dejó escrito en su libro de memorias, Residente privilegiada. Aparentemente el destino no accedió a sus deseos. María Casares murió de repente, mientras dormía, en la noche cuando, rodeada de sus familiares, había celebrado sus 74 años. Estaba radicada en Lavergne, en el oeste francés.

Nacida en La Coruña, Galicia, el 21 de noviembre de 1922, llevaba recorrido un largo camino en el que le tocó sufrir bastante "las hieles del exilio" pero, también, recoger los frutos del éxito.

Su padre, Santiago Casares Quiroga, figura consular del autonomismo gallego, fue el jefe de gabinete durante la presidencia de Manuel Azaña, que resultaría el último gobierno de la República española. El hombre se quedó peleando hasta el fin de la guerra, a Francia marchaban la esposa y la pequeña María, que ni siquiera había entrado en la adolescencia.

Hasta allí, jamás le había pasado por la cabeza actuar. Fue justamente el amigo de la familia que las alojó en París el que sugirió que entrara al Conservatorio. No fue fácil porque no sabía francés, pero ya a los 19 años debuta haciendo, nada menos, Deirdre de los pesares, de Synge.

Para ese entonces ya llevaba un año su relación con Albert Camus, casado y con tres hijos. Se habían conocido al comenzar la guerra (1940) e iban a separarse al comenzar la paz (1945). María Casares le estrenó El malentendido al gran escritor que terminaría suicidándose en la década siguiente. "Cuando se vivía tan intensamente como él, la vida podía convertirse en algo insoportable", evocará más tarde.

En cine, donde en general puede afirmarse que hizo poco pero bueno, se recuerdan sus intervenciones en Las damas del bosque de Boulogne, de Robert Bresson; Les enfants du paradis, de Marcel Carné (aquí estrenada como Sombras del paraíso); La cartuja de Parma, de Christian Jacque; el tan peculiar Orfeo de Jean Cocteau (con quien más tarde reaparecería en El testamento de Orfeo) y no muchos títulos más. Hace relativamente poco tiempo, a comienzos de esta década, se la volvió a ver en La lectora, de Michel Deville, pero, en general, puede decirse que donde más y mejor lucía era en la escena.

Buenos Aires la aplaudió en tres ocasiones. Una temporada en francés con el TNP, donde hizo Ruy Blas, de Victor Hugo, junto a Pierre Brasseur (este periodista, por esa época, tuvo la fortuna de verlos a los dos, en el Athenée de Paris, haciendo Querido mentiroso, o Cher Menteur, de Jerome Kilty). Y dos inolvidables, clamorosas. La primera, a las órdenes del argentino Jorge Lavelli en el Coliseo, con Divinas palabras, de Ramón del Valle Inclán, al frente de un elenco que también integraba Carlos Estrada. La otra, en el San Martín, con Yerma, de García Lorca, junto a Alfredo Alcón y dirigida por...

Fue como cerrar un ciclo, y mucho más que sacarse un gusto. Contaba María Casares que la primera vez que fue al teatro en su vida, a poco de llegar a Madrid, en las horas más felices de la República, desde sus lares natales, padre y madre la habían llevado a ver, precisamente, Yerma, protagonizada por Margarita Xirgu. Cuando el teatro municipal le dio la oportunidad de hacerla, por primera vez en español, por supuesto que la gran gallega eligió a la gran catalana para dirigirla.

Muchos de los actores argentinos que la acompañaron en aquellos tiempos guardarán como un tesoro el testimonio de sus recuerdos, convertidos en una correspondencia sostenida, tierna, de amiga que no sabe olvidar.

Reseñar todo lo hecho en la escena por María Casares excede las posibilidades de esta nota. Pero resulta insoslayable mencionar sus temporadas en el Teatro Nacional Popular de Jean Vilar, generalmente junto a Gérard Philipe, otro de los insustituibles.

Que también formara parte de la Comedia Francesa (fue la primera intérprete no francesa en ser admitida en la histórica compañía) puede ser un buen indicio de la amplia gama dentro de la cual se movió esta intérprete ejemplar.

Pero la flexibilidad no llegó jamás a lo ideológico. En este sentido, bien puede decirse que María Casares, sin ser una activista, fue siempre de una sola pieza. A España volvió "y junto a otro grande, el poeta Rafael Alberti" solo cuando el cielo comenzaba a despejarse.

En Orfeo, María Casares representaba a la Muerte. El mismo personaje con el que termina de rencontrarse. Atrás quedan su vida apasionada, sus convicciones, su vocación y sus triunfos. Que fueron, ante todo, como ser humano.



Ricardo García Oliveri