Viernes 06 de diciembre de 1996, Buenos Aires, República Argentina

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Opinion

EDITORIAL

Castigo y tortura a fin de siglo












De cara al año 2000 las sociedades contemporáneas exhiben respuestas preocupantes frente a las conductas violentas. Son ejemplos de ello la discusión del Parlamento británico sobre la reimplantación del castigo físico a los alumnos indisciplinados y la decisión de la Corte Suprema de Israel de autorizar la tortura.

La intolerancia racial, religiosa o cultural, las formas de exclusión social, la marginación, las frustraciones y ambivalencias juveniles son todos problemas sociales que no cuentan con soluciones sencillas, y a veces generan reacciones violentas de dudosa legitimidad y utilidad.

Días pasados, en Israel se permitió la aplicación de "presión física" a un activista palestino en posesión de información que, presuntamente, hubiera podido evitar un nuevo atentado terrorista. Se generó así un discutible dilema entre optar por el derecho a la vida de los ciudadanos inocentes o preservar los derechos de un sospechoso.

Además de no haber resultado conducente, una medida de este tipo suele llevar a la multiplicación de la violencia que se buscaba evitar. La ape-ė lación a la tortura puede, para algunos, convertirse en una tentación para lograr un resultado inmediato, pero ello termina negado no bien se advierten las profundas heridas que causa. Todavía se recuerda cómo, frente a detenidos que, se sospechaba, sabían dónde estaba secuestrado el ex primer ministro de Italia Aldo Moro, las fuerzas de seguridad rechazaron cualquier posible acto de tortura para obtener información.

Paralelamente, actos prohibidos por la Corte Europea de Derechos Humanos, como los azotes con regla de madera o con caña de la India, son considerados por algunos maestros, padres e integrantes del gobierno inglés como el mejor remedio contra los indisciplinados.

Si desde el ámbito pedagógico puede sostenerse que el uso de la fuerza es la aceptación del fracaso educativo, desde el propio régimen de punición moderno el ideario ha sido modelado a partir de buscar la recuperación de las personas evitando grabar con sangre la conducta debida.

La prohibición de la tortura y del castigo corporal son logros plasmados en normas de casi universal reconocimiento, cuya violación abre las puertas al amparo en los organismos internacionales de protección de los dere-ė chos humanos. Renunciar a ello, legalizar la creación de miedo y la presión psicológica sobre la víctima, la tortura y el castigo físico a los indisciplinados, es volver a transitar penosas experiencias del pasado.