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Viernes 06 de diciembre de 1996, Buenos Aires, República Argentina |
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FESTEJO. Hinchas y jugadores lanzan a Cúper al cielo en medio de la euforia |
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No podía pasar mucho tiempo más sin que la palabra campeón se le acoplara a Lanús. Esta vez había equipo, dos goles de ventaja, un modelo nuevo de camisetas que -llegadas a Bogotá cuatro horas antes del partido- no podían fallar, y encima un dirigente había regado el vestuario con alcohol para espantar la mala onda.
Entonces, lo que venía siendo una fuerte sospecha se transformó en una justa realidad y la Copa Conmebol pasó a ser el habitante de lujo del hogar de Lanús. Atrás quedaron los 81 años de andar por el fútbol sin demasiadas alegrías, sin demasiado ruido. El maleficio que no pudieron romper ni los inolvidables "albañiles" Silva y Acosta, allá por la década del 60, vino a despedazarse en El Campín para que Lanús fuese campeón de una vez por todas.
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El equipo de Héctor Cúper tumbó a los bolivianos del Bolívar, a los paraguayos de Guaraní, a Rosario Central y a Independiente Santa Fe. Es cierto que aquí, en la noche del miércoles, perdió 1-0, pero los goles de Mena e Ibagaza en Argentina hicieron que igual la Copa se posara en las manos del capitán Armando González. Así, sufriendo en el arranque del encuentro y controlando el desarrollo después, Lanús gritó que era el mejor y disolvió esos calificativos que cargaba como un estigma. Fue como haber ganado una Copa del Mundo. Los llantos brotaron por todos lados y enseguida llegó ese símbolo del deseo llamado vuelta olímpica. Y don Domingo De Luca (68 años, vitalicio y con tres by-pass a cuestas) también tuvo su sonrisa. Claro que antes de ir a la cancha, para esquivar el final del Viejo Casale en un cuento de Fontanarrosa, se había tomado algunas pastillitas. La onda expansiva de la euforia reventó el vestuario. "Es para Banfield que se va para la B", cantaban. El Búfalo -o Mojarrita- Belloso era el más desaforado y Cúper no podía escaparle a los abrazos. Pese a la corrección de los colombianos -aplaudieron de pie a Lanús-, plantel, hinchas y periodistas argentinos salieron del estadio en tanquetas del ejército. El postre llegó en el imponente hotel La Fontana. Lechuga Roa lo peló al Caño Ibagaza y hasta le mamarracheó la inscripción "Lanús" en un costado de la cabeza. Era Ibagaza el que incitaba a moverse al compás cumbiantero de Luna Nueva. Huguito Morales lo seguía, Cravero mostraba que era más apto para volantear que para el baile, y unos diez hinchas revoleaban servilletas. Ayer, en el vuelo de regreso, la pobre Conmebol se paseó tanto como las azafatas. Y en las calles de Lanús fue una fiesta de nunca acabar. Más allá de que cada jugador recibirá 16 mil dólares de premio, esta Copa Conmebol tal vez no cambie demasiado las cosas. La Urraca González seguirá siendo, por los 17 años de andar por el club mate en mano, el padre del grupo. Falaschi continuará leyendo sus libros (lo llaman el "Valdanito" del plantel). Loza y Enría dormirán hasta muy tarde como siempre. Rómoli será el más divertido. Y Roa, el más medido de todos (se fue de la cena porque "esta de festejar es una sensación rara". Pero hay un hecho irrefutable: fueron los mejores y ahora son la historia viva de Lanús. |
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MIGUEL BOSSIO Enviado especial |
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