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Viernes 06 de diciembre de 1996, Buenos Aires, República Argentina |
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Cuando Madeleine Albright se convierta en la primera mujer que ocupe la secretaría de Estado en más de 200 años de historia de los Estados Unidos, esto supondrá -en principio- dos cosas: una conducción para la política exterior que será aun más "clintoniana" que en los años de Warren Christopher, y una poderosa voluntad personal decidida a promover el mayor activismo posible de su país en los asuntos internacionales. Albright -nacida Marie Korbelova, en Checoslovaquia- traerá también consigo al edificio de la calle C de Washington un anticomunismo intenso que hoy se manifiesta en la forma de una sospecha persistente sobre el curso histórico de Rusia y un conocimiento exhaustivo de la problemática política de la Alianza Atlántica (OTAN) y su avance hacia el Este europeo que tanto inquieta a Moscú. El equipaje intelectual de esta ex profesora de Georgetown estará, sin embargo, incompleto en algunas áreas clave: en el caso del Asia y en el de las complejidades económicas globales, en especial las del comercio internacional. Un dato relevante adicional es que, tanto en su carrera académica en las relaciones internacionales como en sus cuatro años de experiencia diplomática al frente de la representación de Washington ante la ONU, Albright ha prestado una atención menos que tenue a América latina. Se puede arguir que este ha sido el caso de todos los secretarios de Estado hasta la fecha, pero es importante tener presente la reiteración de condiciones dado que Albright será quien, en las palabras de su antecesor, Christopher, "guiará la política exterior de los Estados Unidos hasta su ingreso en el siglo XXI". Sin embargo, la característica básica que puede muy bien definir lo que será su gestión en el Departamento de Estado es la decisión de Albright de ser, tan específicamente como sea posible, una herramienta de la visión de Clinton. Esto planeta un problema, no obstante. A lo largo de su primer mandato, al menos, Clinton ha sostenido tantas posiciones diferentes sobre un mismo tema -China, Bosnia, la OTAN- que muchos piensan que posee un papel tornasol donde debieran habitar los principios. A Albright parece no importarle demasiado esta sensación de incertidumbre que genera su jefe. En verdad, cuando la percibió, como en el caso de la indecisión de Clinton frente al drama de Bosnia, actuó dando la impresión de estar solamente cumpliendo en forma disciplinada las órdenes. Fue ella, no Christopher, la que más contribuyó a articular la voluntad de Washington para realizar bombardeos quirúrgicos contra los serbios. Está por verse si lo que sirvió en coyunturas específicas alcanza para diseñar una política global y para un nuevo milenio. |
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OSCAR RAUL CARDOSO |
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