Domingo | 19.09.1999   

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Internet: solos pero comunicados






El espacio virtual comparte las ambigüedades del espacio moderno: mientras impulsa nuevas formas de sociabilidad y la ampliación de derechos, genera mecanismos de control y la hegemonía aplastante del idioma inglés, convertido casi en su lengua única.







OSCAR LANDI. Sociólogo y ensayista.
No ha progresado mucho la polémica cultural sobre la naturaleza especial del ciberespacio y éste se parece, cada vez más, a la Tierra que habitamos. El mercado y los intentos de regulaciones legales están colonizando la Internet que, hace muy pocos años, bajó del cielo a las computadoras personales con la promesa de una comunicación abierta y autogestionaria. Quizás, éste es un buen momento para tomar distancia de las decepciones y los entusiasmos apresurados respecto de la red y comenzar a plantearse algunas cuestiones. Una de éstas es: la trama de vínculos entre las personas que se establecen en la Internet, ¿constituye o no una zona novedosa del alicaído espacio público de las sociedades de fin de siglo? Esta postulación parece extraña porque altera la imagen de los territorios que caracterizan a los lugares públicos canónicos, como el ágora griega, la plaza y el teatro de la vida urbana moderna. Las relaciones humanas en el ciberespacio no son las de los cuerpos dispuestos en la tierra firme, interpelados por la arquitectura y la ciudad. Se trata de una red descorporizada o, mejor, que permite estar y ser reconocido donde no se tiene el cuerpo. En el juego del reconocimiento entre personas en el chat a distancia, las identidades, las formas de presentación de los interlocutores suelen ser lábiles y erráticas: frecuentemente se esconden detrás máscaras electrónicas. El tejido de la red se constituye desde lo privado, generalmente desde la soledad de un escritorio, pero se sostiene en una pragmática lingüística y social: construye una trama intersubjetiva que hace y deshace relaciones de sentido entre los hombres y que produce innumerables efectos prácticos en tierra firme. Ese otro gran artífice del espacio público moderno, el diario de papel, también se lee generalmente en soledad. La reivindicación más amplia de los usuarios es la defensa de su privacidad frente a ciertos archivos que toman información sobre quienes los visitan o el detectamiento de sus hábitos y posibilidades económicas a través de registro de sus tarjetas de crédito. El desarrollo de programas para criptar las comunicaciones e impedir el espionaje, es hoy una cuestión tecnológica y política de primer orden. Los estudiosos de Internet dicen que lo que sigue atrayendo a la gente es su oferta de información, pero lo que ayuda decisivamente a retenerlas dentro del juego es la sensación de participar de alguna comunidad. Por ahora en la Argentina, con sus escasos 300.000 internautas, la red agrega poco a un espacio público ya de por sí deteriorado. Sin embargo, en el mundo crecen sus redes de movimientos cívicos, subculturas, minorías sexuales, organizaciones de solidaridad social, movimientos por la paz y la defensa del medio ambiente. Esta zona de la red no estuvo en el centro de su imagen inicial: ya no se trata de la enorme oferta de información de la red, sino de lo que hacen los hombres entre sí con sus posibilidades interactivas. En algunos casos, los ciberencuentros estimulan la realización de congresos, asambleas y reuniones en tierra firme difíciles de concretar con los medios de comunicación antes disponibles. En otros casos, son funcionales a organizaciones con vida propia fuera de la red, la interfaz hombre-máquina aparece aquí con más claridad como lo que siempre es: un borde entre dos dimensiones espaciales distintas, una presente en la otra y viceversa: suelo firme y detrás de las pantallas. Del lado interno del borde, dentro de la red, la pragmática de los usuarios remite no sólo a pacíficos lugares de encuentro de gente con los mismos gustos temáticos o intereses, también suscita conflictos por derechos de expresión contrapuestos, que derivan del hecho fundamental de que Internet se desplegó por fuera de los límites y reglas que hoy rigen en las sociedades. La red tiene un ancho de banda que va de las home pages de ministerios hasta las de la Guerrilla on the net (zapatismo, MRTA, sandinismo, IRA, etcétera). Desde las páginas de ayuda para la realización de los deberes escolares hasta las de pornografía infantil. La Comisión Europea planteó en 1996 que Compete claramente a los estados la responsabilidad de garantizar la aplicación de las normas vigentes: lo que es ilegal fuera de la red sigue siendo ilegal también dentro de la red. En plena fantaciencia, Eric De Kerchove plantea que ante las dificultades actuales de la democracia representativa, la red de computadoras hará surgir en su reemplazo una democracia presentativa basada en consultas permanentes con las personas sobre temas locales. Con un simple click se votará al instante desde el hogar. No hay ningún dato de la realidad social que permita fantasear al respecto, pero además Kerchove deja al costado un problema central: quién decidiría qué hay que preguntar, cuál sería el procedimiento de formulación de las preguntas, qué lugar tendría la deliberación entre sí de los consultados. Internet sería una especie de estado absoluto, de Leviatán electrónico que formula las preguntas que los hombres responden haciendo uso de su libertad privada. Por otra parte, ¿cuánto tiempo es conveniente demorar para pensar la decisión de voto sobre un tema complejo, sin las presiones de la inmediatez y el tono emocional de la cuestión -por ejemplo, sobre la legitimidad o no de la pena de muerte al día siguiente de un crimen horroroso? Internet presenta serias restricciones: está habitada por una suerte de elite tecnoilustrada de masas que llegará en el 2000 a 200 millones de personas. En realidad, una pequeña porción de la humanidad. Las desigualdades y brechas entre inforricos poseedores de información e infopobres aumentan día a día, para muchos por el costo inaccesible de los equipos, las tarifas telefónicas y el gran crecimiento de los sitios pagos dentro de la red. Para otros, que ya poseen computadora, por no poder seguir el ritmo de renovación de los equipos y programas. Son los nuevos infopobres. El ciberespacio se asocia a la ambigüedad propia del espacio público moderno del que será siempre dependiente. Por lado, impulsa nuevas formas de sociabilidad y la ampliación de derechos y, por otro lado, genera mecanismos inéditos de control, intentos de poner orden y límites en el caos de la telaraña y la hegemonía aplastante del idioma inglés, convertido casi en su lengua única. Dice Paul Virilio que cada nueva tecnología comunicativa trajo consigo formas propias de accidentes, tales como el descarrilamiento en el caso de los trenes. Internet también tendrá para el arquitecto francés su propia catástrofe virtual. Ese día quizá lluevan textos, imágenes, cartas, información, música y juegos sobre los urbanautas de a pie. Sin embargo, tantas palabras y tanto flujo de información seguirán sin poder resolver las preguntas permanentemente abiertas del ser humano, las referidas a la muerte, el amor, la fe, la soledad, el erotismo.















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